La solución más lógica para la norma de los 65 partidos
Una liga tan analítica como la NBA no puede permitirse utilizar un baremo tan defectuoso como un umbral de partidos.
No podemos hablar de la historia de los convenios de la NBA sin pasar por unas cuantas consecuencias no deseadas cuando se introdujeron según qué normas. Y una de las más polémicas de los últimos años va a requerir una renovación de urgencia por parte de la liga.
En un intento desesperado por combatir la plaga del load management, esa época oscura en la que las estrellas descansaban en partidos televisados a nivel nacional porque su monitor de sueño les decía que estaban en “fase amarilla”, la liga decidió tomar medidas drásticas.
“¡Estos vagos tienen que jugar!”, gritaron los ejecutivos y los socios televisivos. Y así nació la ya infame regla de los 65 partidos. Sobre el papel, parecía una solución corporativa, implacable, diseñada desde las altas esferas para asustar a los empleados (los jugadores) y obligarlos a cumplir con la cuota, aunque eso significase poner sus cuerpos al límite. Pero la regla de los 65 partidos no previó el factor humano. No previó que la realidad de un partido de baloncesto profesional no se mide en cruces en un calendario, sino en la brutalidad física de la competición actual. Que es posible que sea mejor valorar más a los jugadores que llevan más carga, aunque sea en menos partidos.
Y por eso es por lo que es una equivocación medir el compromiso de un jugador en partidos jugados. Sí, es algo sencillo, más básico, pero termina siendo precisamente eso: una cantidad de medida demasiado básica.
Yo ya defendí que la norma no era necesaria. Que son muy raras las ocasiones en las que un jugador se lleva un premio o entra en un quinteto All-NBA rondando esos partidos, que los votantes son capaces de determinar si hay que penalizar a alguien por no haber jugado lo suficiente. Pero, si tienes que poner una norma, hacerlo en número de partidos ya ha quedado claro que no es suficiente.
La solución es medirlo en minutos jugados.
Ochenta. Ese es el número de jugadores de la NBA que, a falta de poco más de dos semanas para que termine el calendario regular de esta temporada, ya han registrado al menos 1.800 minutos en la pista. Ochenta tipos que se presentaron a trabajar, se mantuvieron en la cancha y le dieron al juego su tiempo, su sudor y su salud de maneras que el box score puede medir, cuantificar y verificar de forma irrefutable. Cuando hablamos de minutos en la NBA, no hablamos de hacer horas en la oficina hasta que puedas fichar la salida. Hablamos de un esfuerzo físico constante. Tiempo atravesando bloqueos ciegos, tiempo recibiendo codazos en la zona contra pívots de 115 kilos, tiempo intentando detener a los mejores atletas del planeta. Son minutos de pura producción.
Tomemos como ejemplo a Shai Gilgeous-Alexander: 2.003 minutos en 60 partidos. A pesar de perderse unos cuantos partidos, ha cruzado ese umbral sin problemas. Miremos a Luka Doncic: 2.153 minutos también en 60 partidos.
Y luego, fijemos la mirada en Cade Cunningham: 2.096 minutos en 61 partidos.
Todo ese tiempo, todo ese trabajo remolcando a su franquicia, antes de que un balón dividido en Washington lo enviara a un viaje de ocho horas en coche de vuelta a casa con un pulmón colapsado y un reloj de elegibilidad que ya se había detenido de forma permanente.
Y por los mensajes agresivos de ayer del sindicato de jugadores y del agente de Cade, la cosa pinta fea para que pueda volver antes del final de la temporada regular.
La liga no utiliza estos números reales y tangibles para determinar quién es elegible para los premios de final de temporada. Utiliza “partidos”. Cunningham participó en 61 encuentros esta campaña. El umbral sagrado es de 65. La brecha es de cuatro partidos y un pulmón que literalmente no puede expandirse por sí mismo. Cade probablemente no cierre esa brecha, y si lo hace es posible que sea forzando su salud. Y es aquí donde la regla demuestra su naturaleza más estúpida e insensible: la incapacidad absoluta de distinguir entre un día de descanso y un pulmón colapsado.




