Sí, que dos jugadoras importantes de la WNBA tengan una relación es relevante. Hasta cierto punto
Sobre la última polémica de la WNBA y cómo se está moldeando la cobertura de esta liga emergente.
Kevin Sherrington, columnista veterano del Dallas Morning News, esperó su turno. Cuando le llegó, preguntó a Azzi Fudd, la flamante número uno del Draft de 2026, lo siguiente: que Paige Bueckers había anunciado en TikTok el verano pasado que las dos eran pareja y si seguían siéndolo; y, en caso afirmativo, si Fudd había hablado con otras parejas de la liga sobre cómo gestionar esa dinámica entre compañeras de equipo.
Antes de que Fudd pudiera contestar, la responsable de prensa de las Dallas Wings, Pam Flenke, intervino: le dijo que entendía por qué tenía que formularse la pregunta, pero que el equipo iba a declinar respetuosamente comentar sobre la vida personal de sus jugadoras. La rueda de prensa continuó como si nada. Veinticuatro horas después, el intercambio había circulado por todos los principales medios deportivos estadounidenses y por un rosario de portales que habitualmente no cubren la WNBA ni en sus momentos más importantes.
Desde que empecé a intentar darle más cobertura a la WNBA en este espacio creo que ya he repetido en más de una ocasión la misma idea: la WNBA quiere ser una liga grande y, con las audiencias, los patrocinios y la atención mediática que ha conquistado en los últimos tres años, tiene razones para creer que puede llegar a serlo, o que ya lo es. Pero no parece preparada para el tipo de cobertura que reciben las ligas grandes. Esa cobertura es, por definición, invasiva, obsesiva, habitualmente injusta y casi siempre interesada.
Es la cobertura que Taylor Swift y Travis Kelce convirtieron en espectáculo cruzado entre la NFL y la industria del pop. Es la cobertura que hizo de los romances de las Kardashian con jugadores de la NBA un subgénero televisivo propio. Es la cobertura que convierte a los agentes, a las parejas, a los hijos y a los hermanos en personajes secundarios de una narrativa que excede con mucho al marcador del partido. A la WNBA todavía le queda mucho código cultural que escribir para adaptarse a esa lógica, y por ahora la cobertura de la liga sigue siendo, en términos estructurales, algo naíf.
Hay una oportunidad genuina en ese desequilibrio, y conviene reconocerla antes que nada. Como buena parte del ecosistema periodístico de la WNBA aún está por construirse, en medios nativos digitales, en presupuestos, en acreditaciones, en rutinas profesionales consolidadas, existe margen real para moldear esa cobertura hacia algo mejor, más respetuoso, más riguroso y menos dependiente de los tics tóxicos que la cobertura de la NBA lleva décadas perfeccionando.
Pero hay que ser honestos también sobre los límites de esa aspiración. En muchos casos son los mismos periodistas que cubren la NBA los que están también cubriendo u opinando sobre la WNBA, con sus prejuicios intactos, con rutinas aprendidas, con los marcos mentales que les enseñó la liga masculina. Y además hay casos en los que intentar aplicar un criterio de distancia genera su propia distorsión.
El caso Fudd-Bueckers es exactamente uno de esos casos. Porque sí: que las dos últimas número uno del Draft, las dos piedras angulares de la misma franquicia, mantengan una relación sentimental es relevante para quien analice en serio el presente y el futuro de las Dallas Wings.
Hasta cierto punto. Vamos a hablar honestamente sobre relaciones sentimentales entre compañer@s, el crecimiento de la WNBA y cómo se está cubriendo desde los medios esta liga.




