Una reflexión sobre la NBA de las palizas, pero también de los partidazos
¿Por qué la NBA con más talento en el top de su historia se mide por sus peores noches?
El pasado sábado, en el Ball Arena de Denver, los Nuggets y los San Antonio Spurs protagonizaron exactamente el tipo de partido que la NBA necesita que la gente vea.
Ciento treinta y seis a ciento treinta y cuatro. Lo escribo con letras en vez de con números para ver si así suena más impresionante. Dos puntos de diferencia tras un partido de baloncesto frenético, con Victor Wembanyama firmando una actuación descomunal, 34 puntos, 18 rebotes, 7 asistencias y 5 tapones, que en cualquier otra ocasión hubiera monopolizado portadas al día siguiente, pero que se encontró con un Nikola Jokic descomunal y unos Nuggets que demostraron por qué muchos les seguimos colocando como la principal alternativa a los Thunder, a pesar de la extraordinaria temporada de los Spurs.
San Antonio llegó a tener una ventaja de 13 puntos en algún momento del partido. Denver lo dio vuelta. Y al final, en los últimos segundos, el balón cayó del lado correcto para los de Colorado por apenas dos posesiones. Un partidazo de libro. El problema es que casi nadie habla de esos partidos, o esa sensación tengo yo. Que lo hacen los cuatro de siempre.
En cambio, sí se habla, y mucho, de los Washington Wizards perdiendo por 40, de los Utah Jazz encajando palizas que rozan lo deshonroso, de los Sacramento Kings como representación de todo lo que puede ir mal en una franquicia NBA. No es que esa conversación sea ilegítima, el tanking es un fenómeno real, estructural y digno de análisis, pero hay algo distorsionado en una narrativa mediática que mide el estado de salud de toda una liga por sus eslabones más débiles. La NFL no se define por sus peores equipos. La Premier League tampoco. La NBA, sin embargo, arrastra desde hace años esa carga particular: la de ser juzgada, sobre todo en los meses de finales de invierno y principios de primavera, por los partidos que nadie debería ver en lugar de por los que todo el mundo querría haber visto.
Y lo curioso es que esto no es del todo accidental. Tiene que ver con cómo funciona el ecosistema mediático que rodea a la liga, con los incentivos que mueven a periodistas, podcasters y creadores de contenido, y también con el momento del año en que nos encontramos. Desde que la NFL cerró su temporada con la Super Bowl, la NBA ha entrado en lo que podría llamarse su segunda temporada regular, esa franja de semanas en la que el deporte americano, por primera vez en meses, se queda sin el gigante del fútbol americano dominando la conversación. Es el momento en el que la NBA tiene más oportunidades de captar audiencia casual. Y también, paradójicamente, el momento en que esa audiencia casual recibe una imagen más confusa y negativa de lo que la liga realmente ofrece.
Y eso es lo que me lleva a mi reflexión de hoy.




