¿Momento de empezar a ponerse nerviosas? La WNBA, Unrivaled y el estado de las negociaciones
Tic, tac, tic, tac...
Si alguna vez habéis escuchado el segundo álbum de una banda que lo rompió con su debut, sabéis de lo que hablo. Estar a la altura en el segundo disco es muy complicado. Pensemos en The Darkness. En 2003, con Permission to Land, parecían la banda más grande del planeta y no podías escapar del falsete de Justin Hawkins en “I Believe in a Thing Called Love” o “Get Your Hands off My Woman”. Luego llegó el segundo disco y... bueno, digamos que compraron un billete de ida al olvido. Aunque yo salvaría “Bald” de la quema.
La liga Unrivaled, esa utopía del 3x3 fundada por las estrellas para las estrellas, está viviendo su propio momento de segundo álbum difícil. Y el problema no es solo que la música no suene tan bien como el año pasado, el problema es que la banda está intentando renegociar su contrato con la discográfica (la WNBA) justo cuando las audiencias se están desplomando con respecto a la primera temporada.
El debut de la segunda temporada de Unrivaled el pasado enero promedió cifras preocupantes. Hemos visto caídas que llevaron la audiencia a los 71.000 espectadores en TruTV un viernes por la noche. Para ponerlo en perspectiva, la temporada pasada la liga promedió 221.000 espectadores, con picos de casi 380.000. Hemos pasado de llenar titulares a tener una audiencia que rivaliza con la de un documental sobre la migración del esturión a la hora de la siesta después de Saber y Ganar.
¿Las razones? Hay muchas, y los y las responsables de Unrivaled os darán la lista de la compra de excusas. “Es que competíamos contra los Playoffs de la NFL”, “el horario del lunes”, “la resaca post-navideña”. Y sí, competir contra la ronda de Wild Card de la NFL es como intentar vender helados en el Polo Norte, el mercado está saturado por un gigante. ¿Son estas razones válidas o son lo que nos decimos para no admitir que el producto ha perdido el factor novedad?
Hubo una campaña de marketing que rozó la crueldad emocional con los fans. Ese coqueteo constante con el número “22”, insinuando que Caitlin Clark, la Moby Dick del marketing deportivo, se uniría a la fiesta. Spoiler: no ocurrió. En el ecosistema actual, no tener a Caitlin Clark es como The Office sin Steve Carrell. Puedes hacerlo, y lo hicieron, pero vas a notar el vacío. Sumadle a eso las lesiones de Napheesa Collier (la cofundadora y alma del proyecto) y las ausencias de Angel Reese o Sabrina Ionescu. Incluso Paige Bueckers, con todo su poder en TikTok, y jugando a un grandísimo nivel, tiene límites a la hora de convertir likes en espectadores de televisión.
Negociando con una mano atada a la espalda
Aquí es donde la cosa se pone seria. La WNBA y la WNBPA están en un punto muerto. El convenio anterior ha expirado, estamos en un periodo de status quo, y las posturas están más enfrentadas que Steve Kerr y Jonathan Kuminga. Unrivaled no era solo una liga para pasar el rato en invierno y ganar un buen dinero (que lo es, con salarios medios de 220.000 dólares y equidad en la empresa), era palanca. Era una ventaja negociadora. La existencia de una liga exitosa, propiedad de las jugadoras, que generase altos ratings y beneficios, era la carta de triunfo del sindicato. El mensaje implícito para los dueños de la WNBA era: “Mirad, no os necesitamos tanto como creéis. Podemos generar nuestro propio producto. Pagadnos lo que valemos o nos montamos nuestro propio chiringuito”.
Pero cuando tu “Plan B” empieza a fallar en los ratings, tu posición de fuerza en la mesa de negociación del “Plan A” se debilita. Los dueños de la WNBA, esos muchimillonarios que llevan años diciendo que la liga pierde dinero aunque ahora paguen 200 millones en cuotas de expansión y firmen acuerdos con Disney por 2.200 millones, están mirando los números de Nielsen de Unrivaled y diciendo… “podemos esperar un poco más”. Desde luego, no parece que tengan ninguna prisa por ahora, pues en la última reunión se presentaron sin una propuesta firme.
Aunque ya le hemos dado alguna vuelta a esto, conviene recordar dónde están las posturas ahora mismo.
Actualmente, la WNBA propone un sistema de ingresos netos. Básicamente, dicen: “De todo lo que ganemos, primero restamos nuestros gastos operativos (que calculan en un 80% nada menos) y de lo que sobre, os damos el 70%”. Hagamos las matemáticas de los que hicimos el bachillerato de letras: si ingresan 350 millones, restan 280 millones de gastos. Quedan 70. El 70% de eso para las jugadoras son 49 millones. Apenas un 14% de los ingresos totales reales. Como he repetido también muchas veces, hay que tener en cuenta que es muy importante tener en cuenta a quién pertenece la WNBA.
El sindicato dice: “ni hablar”. Ellas quieren un modelo de ingresos brutos, más parecido a lo que tienen los jugadores de la NBA, que se llevan alrededor del 50% del BRI - Basketball Related Income. La propuesta del sindicato ronda el 30% directo de los ingresos totales. La diferencia entre las dos propuestas es abismal, unos 56 millones de dólares en esa proyección hipotética que hacíamos.
Ahora mismo, la sensación es que el sindicato está intentando jugarse un farol con una pareja de doses en la mano mientras los dueños no solo tienen escalera, también controlan la banca. La liga Unrivaled no está muerta, la parada en Philadelphia metiendo a más de 20.000 personas en el pabellón de los Sixers demuestra que el apetito presencial existe, pero está flojeando en televisión en un momento en el que todos necesitan que los números acompañen. Y en el despiadado mundo de los convenios colectivos, la debilidad se castiga más duro que una pérdida de balón contra los Oklahoma City Thunder.
La polémica de las Chicago Sky
Ahora, que los propietarios tienen de su lado también a la banca se nota en aspectos como que la polémica que rodea a la propiedad de las Chicago Sky apenas se ha comentado en los grandes medios en las últimas semanas. Si la WNBA quiere proyectar una imagen de liga de las grandes, de las que valen miles de millones de dólares, lo que ocurre en Chicago es el recordatorio de que algunos cimientos están hechos de cartón piedra.
Hace unas semanas se conoció que se había puesto una demanda civil contra Michael Alter, el propietario mayoritario de las Sky. Esta fue interpuesta por Steven Rogers, un socio minoritario. ¿La acusación? Violación del deber fiduciario y “autocontratación”. Básicamente, Rogers alega que Alter maneja la franquicia y sus entidades relacionadas como si fuera su cortijo personal, con un “desprecio flagrante” por los estándares operativos. Alter, por supuesto, dice que la demanda no tiene mérito.
Por lo visto, la situación con su instalación de entrenamiento en Bedford Park es un sainete administrativo. Sin entrar en rollos documentales, los encargados de administrar las cuentas del pueblo de Bedford Park están tirándose de los pelos por los sobrecostes de las instalaciones que están construyendo para las Sky. Estamos hablando de un proyecto que ha pasado de un presupuesto garantizado a una línea móvil que ya roza los 45,7 millones de dólares.
Es paradójico. Por un lado, tienes una franquicia valorada ahora mismo en 240 millones de dólares (según Forbes), que supuestamente dio beneficios por primera vez en su historia en 2024 y 2025. Por otro, tienes a sus dueños regateando con un pequeño municipio sobre quién paga la factura si se pasan del presupuesto, y que dirigen la franquicia como si fuera una pequeña empresa familiar.
Lo financiero es grave, pero lo deportivo es donde más se puede atacar a la gerencia de las Sky. Chicago tiene un historial de alienar a sus estrellas que haría sonrojar a los Knicks de la era Dolan. Sylvia Fowles se fue pidiendo un traspaso porque quería una cancha de entrenamientos y un gimnasio decente. Elena Delle Donne salió por patas en cuanto pudo. Y recientemente, el despido de la entrenadora Teresa Weatherspoon tras solo un año y tras lidiar con el circo mediático de tener a Angel Reese en el equipo ha dejado heridas abiertas.
A la hora de la verdad, todo se reduce a la tacañería. Michael Alter puede ser muy rico, pero en la nueva economía de la WNBA, donde los Joe Tsai y los Mark Davis están tirando billetes como si no hubiera mañana, la austeridad de Chicago parece de otra época.
El reloj sigue corriendo
Estamos a menos de 100 días del supuesto inicio de la temporada 30 de la WNBA. Deberíamos estar hablando de la agencia libre más loca de la historia, con más de 100 jugadoras libres, de los debuts de los equipos de expansión en Toronto y Portland, o de cómo Caitlin Clark va a intentar destrozar los récords en su tercer año después de una temporada marcada por las lesiones.
En su lugar, tenemos un duelo de miradas. Los dueños están cómodos esperando, sabiendo que el tiempo corre a su favor y que las jugadoras de clase media (las que no cobran 200k en Unrivaled) empezarán a sentir el pánico financiero pronto. El sindicato aguanta la respiración, esperando que Unrivaled remonte el vuelo y sirva de salvavidas en caso de huelga o cierre patronal. Y en Chicago, los políticos locales se preguntan si el cheque con el que las Sky paguen su parte de las nuevas instalaciones tendrá fondos.
La WNBA está en su momento de mayor auge, pero corre el riesgo de tropezar con sus propios cordones. A veces hay lo que se llaman dolores de crecimiento, sí, pero la avaricia y la incompetencia duelen más. Si no se llega a un acuerdo y tenemos un lockout, o si Unrivaled colapsa bajo el peso de las expectativas no cumplidas, habremos desperdiciado la oportunidad de oro del baloncesto femenino.
Pero, sobre todo, para las jugadoras. Los propietarios son capaces de boicotearse a corto plazo sin propuestas o incluso perdiéndose una parte de la temporada si sus cálculos les dicen que con eso estrujan a las jugadoras lo suficiente como para salir ganando a largo plazo. Ellas, si proyectos como Unrivaled no son grandes éxitos, pueden pagarlo más caro.




