Las verdades y mentiras de la "NBA de la paridad"
Antes de celebrar la era de la igualdad conviene hacerse tres preguntas incómodas: ¿es real esa paridad, quién la fabricó y qué precio estamos pagando por ella?
Cuando las Finales terminaron en junio y los New York Knicks completaron su asalto al título ante los San Antonio Spurs, la historia de la paridad de la liga se escribía sola, ya que se podía argumentar con datos que la NBA vive la era más igualada de su historia.
Ocho temporadas, ocho campeones diferentes.
Ninguna franquicia ha repetido corona desde 2018, y la racha supera con holgura el anterior récord de seis campeones distintos consecutivos que se registró entre 1975 y 1980, cuando Golden State, Boston, Portland, Washington, Seattle y los Lakers se pasaron el testigo. Para una liga que durante 36 años repartió sus anillos entre apenas once franquicias, el contraste es brutal.
La tentación de proclamar una nueva edad dorada de la competitividad es comprensible, y es lógico que sea lo que nos intenta vender Adam Silver.
También es, en buena medida, engañosa.
Porque la paridad, como casi todo en la NBA moderna, no es un fenómeno que suceda sin más. Es el resultado de decisiones concretas, tomadas por personas concretas, en despachos concretos de la Quinta Avenida de Manhattan. El resultado de mecanismos introducidos en el convenio colectivo cuya severidad ha alterado la forma en que las franquicias construyen, sostienen y desmantelan sus plantillas.
Dos veranos después de la entrada en vigor de los castigos más importantes, los efectos ya no son una teoría, sino que se han convertido en la realidad de la liga. La agencia libre más plana que se recuerda, dinastías que empiezan a desarmarse casi antes de nacer y un mercado en el que los jugadores descubren que las reglas del juego cambiaron mientras ellos miraban hacia otro lado y perseguían otros objetivos.
Y sin embargo, los datos cuentan una historia con más matices que el titular de la NBA de la paridad. Si realizamos un análisis riguroso de la igualdad competitiva podemos encontrar que la NBA fue efectivamente más equilibrada que nunca entre 2017 y 2022, pero que en las tres últimas temporadas la balanza ha vuelto a inclinarse hacia los extremos, con equipos históricamente dominantes y equipos históricamente lamentables conviviendo en la misma liga. Es decir, seguimos coronando campeones distintos cada junio, pero la liga, medida en su conjunto, fue menos igualada en el último par de temporadas que hace un lustro.
Esa paradoja, con campeones rotatorios en una liga polarizada, creo que merecía ser desmenuzada con calma y profundizando más allá de la paridad que sugiere la lista de campeones. Y para entenderla hay que hablar de historia, de datos y, sobre todo, del comisionado que decidió que la NBA debía parecerse más a la NFL que a la propia NBA de las dinastías de los Warriors, los Lakers o los Celtics.
Ocho eras, un patrón: las dinastías como columna vertebral de la liga
La NBA siempre se ha contado a sí misma a través de sus superestrellas y sus dinastías. Por ejemplo, Bob Bellotti, veterano analista y pionero de la estadística avanzada, propone una periodización en ocho eras que resulta útil como marco de este análisis:
La de George Mikan, cuyo dominio en la pintura obligó a la liga a legislar contra él, creando el goaltending y ensanchando la zona.
La de Bill Russell y Wilt Chamberlain, con los Celtics acumulando once anillos en trece años.
La de Kareem Abdul-Jabbar, Julius Erving y la fusión con la ABA en 1976.
La de Magic Johnson y Larry Bird, que rescató a la liga de su travesía del desierto y coincidió con la explosión de la televisión por cable.
La de Michael Jordan y sus seis títulos con Chicago.
La de Shaquille O’Neal, Kobe Bryant y Tim Duncan, con Lakers y Spurs repartiéndose casi todo entre 1999 y 2010.
Y la de LeBron James y Stephen Curry, definida por el triple, la analítica y la evolución del juego tras la eliminación del hand-checking en 2004.
El patrón que atraviesa esas siete primeras eras es inequívoco, pues la grandeza se medía en campeonatos acumulados. Russell tiene once. Kareem, seis. Jordan, seis. Duncan, cinco. Curry, cuatro. La historia de la NBA es, en esencia, la historia de sus monarquías. Y ahí es donde la octava era, la de Shai Gilgeous-Alexander, Giannis Antetokounmpo, Victor Wembanyama, Nikola Jokic o Luka Doncic rompe el molde, pues entre todos ellos suman tres anillos de momento.
No porque les falte talento, sino porque el sistema en el que operan ha sido diseñado, deliberadamente, para que nadie pueda acumular títulos como sí que se podía hacer en eras pasadas.
Esa octava era tiene, además, un rasgo identitario propio: sus cinco rostros nacieron fuera de Estados Unidos. Un canadiense, un griego, un francés, un serbio y un esloveno encabezan un deporte inventado en Springfield en 1891, la culminación de décadas de globalización del talento. Gilgeous-Alexander, a sus 27 años, encadena cuatro temporadas por encima de los 30 puntos de media y lideró a Oklahoma City al título de 2025 con MVP de temporada regular y de las Finales incluidos. Giannis Antetokounmpo, ahora en los Miami Heat, es dos veces MVP, una vez campeón y sirve como puente entre la generación anterior y esta. Wembanyama, con solo 22 años, ya ha llevado a los Spurs a unas Finales y ha liderado la liga en tapones en cada una de sus tres temporadas. Jokic, el veterano del grupo junto a Giannis, sigue reiterando su deseo de permanecer en Denver pese a las eliminaciones tempranas. Y Doncic, tras el traspaso más impactante de la historia reciente, busca en Los Angeles el anillo que se le escapó en Dallas.
La pregunta yo no creo que sea si estos jugadores son peores que sus predecesores, sino si el ecosistema en el que están desarrollando sus carreras les va a permitir ni siquiera intentar lo que consiguieron los otros.
El Índice de Paridad
Vamos a detenernos un poco en la metodología, porque el debate sobre la paridad suele librarse con anécdotas y debería hacerse más bien con números. El argumento popular es simple, tenemos ocho campeones distintos en ocho años, y eso equivale a paridad. Pero el campeonato es una muestra de uno. Una liga puede coronar campeones rotatorios y ser, al mismo tiempo, profundamente desigual en su conjunto. La que visto desde lejos puede parecer una liga muy competida porque cada año hay un campeón diferente, puede resultar algo totalmente diferente si colocas la lupa encima de cada una de las temporadas.
El Índice de Paridad que maneja Bellotti ataca el problema desde la temporada regular, desde su conjunto, no desde el resultado. 30 equipos jugando 82 partidos constituyen una muestra estadísticamente sólida. El método mide la distancia de cada equipo respecto al récord del 50% y calcula la desviación media del conjunto de la liga. Cuanto más cerca de cero, más igualada la competición. Cuanto más lejos, más polarizada entre equipos potentes y equipos que dan auténtica pena. La paridad perfecta, que no estaría en 30 campeones diferentes en 30 años sino en 30 equipos terminando cada temporada con 41-41 de balance, es una quimera matemática, pero el índice permite comparar temporadas y detectar tendencias.
Y las tendencias son interesantes. Entre 2017-18 y 2023-24, cuatro temporadas se colaron entre las cinco más igualadas desde 1980, con los cursos afectados por la pandemia (2019-20 y 2020-21) y el de 2021-22 en el podio histórico. Aquella temporada 2021-22 es el arquetipo de la paridad. La mitad de la liga terminó entre el 40% y el 60% de victorias, solo Phoenix superó el 70% y ningún equipo bajó de las 20. Pocos equipos monstruosos, pocos equipos que dieran putapena, mucho pelotón. Eso es paridad de verdad en una temporada.
Pero las tres últimas temporadas cuentan otra historia. La 2024-25 fue la 40º más igualada del periodo analizado, es decir, de las más desiguales, con Oklahoma City firmando uno de los mejores récords de todos los tiempos (68-14) mientras cinco equipos perdían más del 70% de sus partidos. Philadelphia, New Orleans, Charlotte, Washington y Utah compartieron un sótano que, en años de paridad de verdad, no debería existir. El curso anterior, Detroit y Washington habían firmado dos de los veinte peores récords de la historia. La liga de los ocho campeones consecutivos es, simultáneamente, la liga de los extremos.
La conclusión es doble. Sí, hemos vivido el periodo de mayor equilibrio competitivo en casi medio siglo. Y no, ese equilibrio ya no está vigente en la parte alta y baja de la tabla, aunque el carrusel de campeones continúe. Es posible que ahora veamos otro cambio con la introducción de la lotería del Draft del 3-2-1 y la penalización a los tres peores equipos.
Pero ahora mismo lo que persiste no es la igualdad entre los 30, sino la incapacidad de cualquier campeón para sostenerse en la cima. Y eso nos lleva directamente, una vez más, al convenio colectivo.
Otra vez el segundo apron
No voy a explayarme demasiado en este punto porque ya he escrito mucho recientemente sobre el segundo apron y sobre lo que hace y lo que no hace.
Sí que diré que el sistema de aprons + impuesto de lujo repetidor es el mecanismo más disruptivo de la historia de la liga. Tradicionalmente, la NBA operaba con un límite salarial blando que podía excederse mediante excepciones y, si superaban el umbral del impuesto de lujo, pagaban multas progresivas. El dinero dolía, pero para propietarios multimillonarios era un dolor asumible. Golden State pagó cientos de millones en impuestos durante su dinastía y los consideró el coste de hacer negocio.
La clave del segundo apron es que las sanciones no son económicas, son operativas. Un equipo que lo supera pierde la excepción de nivel medio para fichar agentes libres, no puede agregar salarios en traspasos, no puede recibir jugadores vía sign-and-trade, no puede incluir dinero en operaciones ni firmar a jugadores que rescindan su contrato y cuyo salario previo superara cierto umbral. Además, su elección de primera ronda del Draft situada siete años en el futuro queda congelada, imposible de traspasar, y si el equipo reincide en el segundo apron, esa elección se desplaza automáticamente al final de la primera ronda.
Es decir: el convenio no encarece la excelencia sostenida, la imposibilita estructuralmente mantenerla durante muchos años. A un propietario dispuesto a quemar dinero se le puede combatir con multas mayores, pero a medio plazo se le desarma quitándole herramientas de construcción de plantilla. Por eso los equipos campeones se desmantelan de forma preventiva, por eso las ventanas de contención se han acortado y por eso ahora cada verano vemos a franquicias regalando a su séptimo u octavo mejor jugador.
Esto produce otra de las consecuencias de este sistema: la paridad es a la baja. Tiene toda la lógica, porque estamos hablando de un sistema que, al final, obliga a que se produzca una redistribución del talento, pero lo que sucede es que se verán menos super equipos, que los que haya durarán menos temporadas, y que habrá una igualdad que tenderá hacia el medio, con mayor igualdad en el centro.
La NFLización de Adam Silver
No es ningún secreto que todo esto de la paridad es una estrategia creada en el cerebro del comisionado de la liga, y él mismo se encarga de ensalzarla siempre que le es posible. Sí, en buena parte tenemos que atribuir el endurecimiento del convenio a una revuelta de propietarios de mercados medianos y pequeños hartos de la chequera de los Warriors o los Clippers. Pero también debemos entender el convenio de 2023 como la obra personal de Adam Silver. Como un paso más para moldear la NBA de la manera que él cree que debe funcionar.
Sobre el papel, Adam Silver, como comisionado, es un mero empleado de los dueños. Formalmente lo es, igual que un primer ministro o un presidente es formalmente un empleado de su partido. En la práctica, la oficina de la liga de Adam Silver es un centro de poder autónomo, capaz de enfrentar a unos propietarios con otros, de administrar favores y de imponer una visión única frente a treinta visiones dispersas. Los dueños, en su mayoría, quieren una sola cosa: que la cantidad de dinero que se llevan por los derechos televisivos siga subiendo, lo mismo que la valoración de sus franquicias. El resto lo delegan en el hombre que pone la cara por la liga. Y ese hombre tenía un proyecto.
Una NBA que se acerque en su estructura a la NFL, donde treinta franquicias bien gestionadas puedan aspirar al anillo, como el propio Silver ha repetido en cada comparecencia pública desde la firma del convenio. La dinastía de los Warriors no fue la causa de la reforma, sino que fue la coartada perfecta, el shock que permitió vender esa idea. Y, ojo, no estamos hablando de una NFLización solo en cuanto a resultados deportivos y cambios drásticos en las franquicias. También lo es en la parcela de los contratos de los jugadores, pasando de ser una liga en la que la amplia mayoría de sus contratos eran largos y totalmente garantizados, a ver cada vez más contratos parcialmente garantizados, con opciones mutuas, y con menos años.
No sé si me váis a comprar esta referencia, pero hace poco me volví a ver la trilogía por enésima vez y creo que hay algo de Michael Corleone en la trayectoria de Silver. Como el heredero de los Corleone, Silver proyecta una imagen de gestor razonable, de técnico consensual que hereda un imperio construido por un patriarca carismático, como David Stern (Vito), y promete modernizarlo. Y como Corleone, su verdadero talento no es la presencia escénica sino la consolidación silenciosa del poder. Mientras el foco mediático se posaba en las superestrellas y en el llamado empoderamiento del jugador, Silver reescribía la arquitectura económica de la liga hasta convertirla en un sistema que responde a su diseño, no al de los propietarios ni al de los jugadores. El poder más efectivo es el que no necesita exhibirse.
La ironía es que el legado de Silver quedará asociado a lo contrario de lo que se le atribuía. Durante años se le etiquetó como el comisionado de la era del jugador empoderado, el hombre blando que permitió que las estrellas dictaran sus destinos porque quería ser su amigo o tenía miedo a enfadarlas. El convenio de 2023 revela al Silver real, el burócrata que construyó la reacción estructural contra ese mismo empoderamiento, con la firma de la asociación de jugadores incluida. Un sindicato que parece que no se ha dado cuenta de la trampa que les tendió Silver hasta que era demasiado tarde.
Los riesgos de la apuesta de Silver
¿Es la paridad lo que quiere realmente el aficionado medio de la NBA?
La apuesta de Silver tiene un riesgo que él mismo seguramente sea capaz de ver, y es que los datos históricos de audiencia dicen que la paridad no atrae tanto al público casual.
La historia televisiva de la liga sugiere que el público consume jerarquía y narrativa. Los Bulls de Jordan, los Lakers de Kobe y Shaq, o los Warriors de Curry generaron picos de atención que ninguna final entre campeones rotatorios ha replicado… hasta la llegada de Victor Wembanyama a estas pasadas Finales. Quizás ese sea un cambio de tendencia que termine dándole la razón y dejándole como un visionario, pero hasta ahora el aficionado se queja de que siempre ganan los mismos mientras sintoniza masivamente las FInales cuando siempre ganan los mismos. Las mayores audiencias se han producido con dinastías.
La NFL es un caso particular. Su paridad funciona porque el fútbol americano tiene 17 partidos de temporada regular donde cada encuentro es un acontecimiento, y porque su producto es la liga por encima de sus estrellas. La NBA es exactamente lo contrario, una liga de caras, construida durante siete décadas sobre el culto a sus superestrellas y sus rivalidades sostenidas en el tiempo. Russell contra Wilt durante una década. Magic contra Bird durante otra. Trasladar la lógica de la NFL a un producto cuya materia prima es la continuidad narrativa de sus iconos es una apuesta arriesgada, y los primeros indicios (una agencia libre en coma, dinastías abortadas, un carrusel de campeones que diluye la épica) no invitan al optimismo inicial.
Hay, además, una variable en el horizonte que puede distorsionarlo todo, que es la expansión. Como venimos hablando, la liga planea añadir una o dos franquicias, con Seattle y Las Vegas como candidatas permanentes. Y el registro histórico nos dice que cada expansión desde 1980 ha reducido la paridad de forma inmediata, porque añadir equipos significa añadir puestos de plantilla para jugadores que de otro modo no estarían en la NBA. Los ocho equipos de expansión de las últimas décadas fueron desastrosos en su primer año (Minnesota, con 22 victorias, fue el mejor de todos), engordando los extremos de la tabla que el índice de Bellotti identifica como el enemigo del equilibrio. Curiosamente, el efecto se disipa rápido, a veces en una sola temporada, por razones que ni siquiera los datos explican del todo. Pero si Silver corona su proyecto de paridad estructural con una expansión que la erosiona a corto plazo, la contradicción puede retrasar el éxito del modelo que ha planteado.
Recapitulemos. La NBA encadena ocho campeones distintos en ocho años, la racha más larga de su historia. Los datos confirman que el periodo 2017-2022 fue el más igualado en casi medio siglo, pero también que las tres últimas temporadas han regresado a la polarización, con superequipos históricos y franquicias en descomposición conviviendo bajo el mismo paraguas. El carrusel de campeones, por tanto, ya no es síntoma de una liga igualada de arriba abajo, es síntoma de un techo artificialmente bajo, de un sistema que impide a cualquier campeón consolidarse. No es que todos puedan ganar, es que casi nadie está en posición de poder repetir.
Ese techo tiene autor. El convenio de 2023 y su segundo apron son la obra de Adam Silver, ejecutada con la coartada de los Warriors y la complicidad de unos propietarios más interesados en el próximo contrato televisivo que en la ingeniería competitiva. La octava era de la liga, la de Shai, Wembanyama, Jokic y Doncic, con Cooper Flagg y la camada de este Draft llamando a la puerta, será la primera que se dispute íntegramente bajo estas reglas, y por eso sus protagonistas probablemente nunca acumularán los anillos que definieron las carreras de Russell, Jordan o Curry. No por falta de grandeza, sino por diseño del sistema.
Los Knicks ya conocen el guion que les espera. Ya se han marcado la línea del segundo apron como una que es imposible superar, y su reinado durará exactamente doce meses, salvo que sean los primeros en desafiar a la historia reciente de la liga. Si Oklahoma City o San Antonio, con su arsenal de elecciones del Draft y su núcleo joven, no consiguen romper la racha, habrá que empezar a aceptar que la dinastía, el formato narrativo que sostuvo a esta liga durante setenta años, ha sido legislada hasta la extinción.





