Lo MEJOR y lo PEOR de la semana del All Star
Le damos la razón a James Harden y ponemos en su sitio a la conversación sobre el tanking.
James Harden tiene razón.
Esta es la realidad: James Harden es el villano de película que simplemente ha decidido dejar de pretender que sigue el guion de una comedia romántica. Mientras a todos nos gusta rasgarnos las vestiduras hablando de lealtad, traición y falta de compromiso, la realidad es que James Harden hace bien en crear su propio camino, y tiene razón en lo que dice.
La lealtad en la NBA es un concepto publicitario, una construcción mítica diseñada para que los aficionados compren entradas y las franquicias mantengan el control emocional sobre sus activos. Harden tiene razón porque entiende, mejor que casi nadie, que en una liga regulada por un Convenio Colectivo de más de 600 páginas, la única moneda real es la capacidad de decidir tu propio destino antes de que un General Manager lo decida por ti y te lo comunique en una llamada de tres minutos a las nueve de la noche.
La narrativa del mercenario es conveniente para los equipos, pero ignora la cicatriz fundacional en la carrera de Harden: aquel traspaso desde Oklahoma City en 2012. Él, precisamente él, aprendió rápido que no hay lealtad que valga cuando lo que importa es la pela.
Imaginad ser un joven de 23 años, pieza clave de un núcleo que acababa de quedarse a unos centímetros de tocar el cielo en las Finales junto a Durant y Westbrook, y ser despachado a Houston porque la gerencia prefirió ahorrarse unos millones para no entrar en el impuesto de lujo. Fue el momento “no es personal, son solo negocios” que marcó su carrera. Por si no lo sabía ya de antes, Harden comprendió en ese momento que si el equipo no dudó en sacrificar la química y el potencial de dinastía por el balance contable, porque “había” que elegir entre Ibaka y él para no meterse de lleno en el impuesto de lujo, él no tenía por qué sacrificar su carrera por una fidelidad unilateral.
Desde entonces, cada movimiento suyo, de Houston a Brooklyn, de Philadelphia a los Clippers y ahora a Cleveland, ha sido acompañado con memes y bromas, pero también es un ejercicio de realismo cínico en respuesta a un sistema que en la gran mayoría de las ocasiones trata a los jugadores como si solo fueran la cifra que aparece al lado de su salario en la web de Spotrac.
“Al fin y al cabo, creo que esto es un negocio, hay mucho dinero de por medio y se tienen que tomar muchas decisiones. Si un jugador no está rindiendo, o si no lo ves en tu futuro... ya sabes, la directiva tiene un trabajo que hacer y quieren mantener sus puestos. Sienten que deben hacer lo necesario para conservar su empleo, y por eso traspasan jugadores.
O si un chico no es feliz y quiere ser traspasado a otro lugar, entonces hay un problema. Son muchísimas dinámicas distintas las que entran en juego. Al final del día, es simplemente un negocio. Y no solo en la NBA, la gente que tiene trabajos normales tiene esos mismos problemas, solo que no se magnifica tanto.
Para mí, el objetivo siempre es no perder el foco en intentar competir por un campeonato. Y luego, en lo financiero, asegurarme de que mi familia esté cuidada, ¿sabes a qué me refiero? Porque soy muy inteligente y he sacrificado mucho dinero, algo por lo que no recibo crédito ni de lo que se habla, pero me siento realizado y estoy feliz con ello.
Pero se trata de eso: de ganar un anillo, o al menos tener la oportunidad de hacerlo. Y luego, de que me paguen lo que considero justo por estar disponible y jugar al más alto nivel durante tanto tiempo”.
En la NBA de 2026, la flexibilidad se ha convertido en el Santo Grial. Si un equipo siente que un jugador ya no encaja en su ventana de campeonato o que su salario les impide maniobrar, lo traspasará sin pestañear. Harden simplemente ha sidocapaz de acaparar el poder suficiente para darle la vuelta a la tortilla. Al forzar su salida de situaciones que consideraba estancadas, o en las cuales veía que no le iban a asegurar el dinero que él creía que merecía a medio plazo, está ejerciendo el mismo derecho que ejercen las oficinas centrales de las franquicias: buscar la optimización.
Unos optimizan sus plantillas. Otros optimizan sus carreras.
Si un jugador como Jaren Jackson Jr. o Trae Young hubiera pedido el traspaso el verano pasado, seguramente habrían salido unos cuantos a quemarles en la hoguera pública por falta de lealtad. Pero ahora Memphis y Atlanta deciden enviarlos a equipos en reconstrucción, y se considera como una herramienta más válida de gestión de activos. Es una hipocresía sistémica que Harden se niega a validar.
También hay algo profundamente honesto en la forma en la que Harden desmitifica su profesión. Al comparar la NBA con “trabajos normales”, nos recuerda que nadie se queda en una oficina que odia, con jefes en los que no confía, solo por lealtad a la marca de la empresa si tiene una oferta mejor a la vuelta de la esquina. Cobres cientos de dólares o millones. En el ecosistema de las superestrellas, donde las ventanas de gloria son tan estrechas como el pasillo de un avión, esperar a que una organización descifre cómo ganar puede convertirse en un suicidio profesional.
Harden perdonó dinero en Philadelphia para ayudar a construir un equipo, supuestamente con la promesa de una extensión de contrato (de ahí lo de llamar mentiroso a Morey). Y, cuando sintió que la promesa que le hicieron no era genuina, no se quedó a esperar el golpe. En un mundo donde el valor de las franquicias escala hasta los 11.000 millones de dólares, como los Warriors según Forbes, y los contratos de televisión se acercan a los cien mil millones, exigir que un jugador sea el romántico de la relación es absurdo.
La historia de James Harden es la historia de la madurez de la liga. Ya no estamos en la era de los contratos de servidumbre disfrazados de amor a los colores. Harden ha aceptado el papel de antagonista aunque sabe que la verdad suele ser impopular. Cuando dice que la lealtad está sobrevalorada, no está diciendo que no le importe el baloncesto o sus compañeros, está diciendo que no le debe nada a una estructura corporativa que lo vendería por tres rondas de Draft y un contrato expiring si eso ayudara a su margen de beneficio. Puede que no sea el héroe que los puristas queremos, pero es el analista más lúcido que tiene la liga a la hora de entender su propia naturaleza.
El debate sobre el tanking. Otra vez. No os preocupéis, yo no vengo a proponeros otra solución para el tanking, porque no la hay. Pero vengo a hablar sobre el debate sobre el tanking.
Perdonad la referencia pop facilita, pero es que acabo de ver esa temporada otra vez, y hay una frase en la primera temporada de True Detective que Rust Cohle murmura con una mezcla de nihilismo y resignación mientras fuma un cigarrillo imaginario, y que se ha destacado hasta la saciedad: “El tiempo es un círculo plano. Todo lo que hemos hecho o haremos, lo haremos una y otra vez”.
Pues yo me siento un poco como Rust Cohle cada vez que llegan febrero o marzo a la NBA. Estamos en 2026, en pleno descanso del All-Star, y de repente, el ecosistema mediático del baloncesto ha decidido, al unísono, rasgarse las vestiduras porque hay equipos perdiendo partidos “a propósito”. Qué sorpresa. Qué novedad. Qué ultraje moral.
El Comisionado Adam Silver ha sacado el martillo, o al menos, un mazo de plástico de esos que hacen ruido, y ha multado a los Utah Jazz con 500.000 dólares y a los Indiana Pacers con 100.000 dólares. ¿El crimen? “Conducta perjudicial para la liga”. O en términos que todos entendemos: en el caso de Utah, sentar a tus mejores jugadores cuando el partido está en el alambre porque ganar, en este contexto específico, es un error estratégico imperdonable. Y en el de Indiana, directamente no poner a su único All Star.
Este debate sobre el tanking me empieza a resultar cansino. Y la razón por la que ha vuelto con tanta fuerza no es porque los GMs se hayan vuelto de repente más maquiavélicos, sino porque nos encontramos ante un Draft de 2026 que los ojeadores califican como “generacional” (esa palabra que usamos cada tres años, pero que esta vez parece cierta. Parece) y porque, sinceramente, en febrero no hay mucho más de qué hablar si tu equipo no es un contender.
Primero, vamos a quitarnos esto del medio: el verdadero motivo por el cual Adam Silver ha multado a los Utah Jazz por lo que han hecho, no poner a sus mejores jugadores en el último cuarto sin previo aviso, es el de siempre: LAS PUTAS APUESTAS. A nuestros amigos de las casas de apuestas y a esos de los mercados de futuros o como quieran llamarse (son lo mismo que las apuestas) no les gusta, porque no pueden predecir qué patrón de rotaciones van a seguir los Jazz, así que a la NBA no le gusta. Los Jazz intentaron tankear varios partidos de una forma que no gustó a los apostantes o que hizo daño a las casas de apuestas, y por eso tuvieron que pagar un precio.
Por cierto, ¿de qué manera factoriza la NBA que Utah haya tenido un balance 2-1 en los tres partidos que han hecho eso hasta el momento de la multa? ¿Cómo vas a multar a un equipo por tankear un partido cuando GANAN ese partido? ¿Con qué base jurídica multamos a ese equipo que gana el partido y no a un equipo bueno que gana un partido por paliza y deja sin jugar a su estrella en múltiples últimos cuartos durante la temporada? Si la base es la de “conducta en detrimento de la liga”, los multados deberían ser los Miami Heat que perdieron contra los Jazz incluso con estos queriendo perder el partido.
Una vez me he quitado esto del medio, pasemos a lo siguiente.
Hablemos de la naturaleza del juego. En la NBA, como en cualquier competición, influir en tus propias victorias es increíblemente difícil. Requiere que tus estrellas estén sanas, que los roles encajen, que el entrenador acierte con las rotaciones, que el balón entre y que el otro equipo no tenga una noche inspirada. Ganar es un arte impreciso y caprichoso.
Perder, sin embargo, es una ciencia más exacta. Perder casi casi se puede elegir. Ganar, no.
Si eres la gerencia de los Jazz y ves que Lauri Markkanen, Jaren Jackson Jr. y Jusuf Nurkić te están ganando un partido contra los Magic en el tercer cuarto, tienes una palanca de control directo: el banquillo. No puedes garantizar que Keyonte George meta un triple sobre la bocina para ganar, pero puedes garantizar al 100% que Triple Jota no estará en la pista para defender la última posesión.
Es esta asimetría lo que suma para que el tanking sea una estrategia tan atractiva. Es la única variable que una gerencia puede controlar totalmente en un entorno de caos. Y en un mundo regido por la analítica, donde cada decisión se mide por el valor esperado, optar por la certeza de la derrota (y la consiguiente mejora en las probabilidades de lotería) frente a la incertidumbre de una victoria vacía, es la decisión racional. Nos puede no gustar estéticamente, o moralmente, pero tiene una lógica interna innegable.
Luego está lo que yo llamo La Paradoja de Hinkie y la Lotería Rota. Hace unos años, la NBA reformó las probabilidades de la lotería. Fue una reacción directa, una “sobrerreacción”, diría yo, a lo que Sam Hinkie hizo en Philadelphia. La liga estaba aterrorizada por la óptica de los Sixers perdiendo deliberadamente durante años con su Proceso, así que aplanaron las probabilidades. La idea era desincentivar la carrera hacia el fondo.
¿El resultado? Sí, no hemos visto a otros equipos hacer de manera tan descarada lo que hicieron aquellos Sixers, pero también hemos visto consecuencias no deseadas que yo creo que estamos pagando ahora.
Al dar a los equipos con el quinto o sexto peor récord casi las mismas opciones que al peor equipo, o al noveno más de un 20% de saltar al top 4, la NBA no eliminó el tanking, lo democratizó. Antes, tenías que ser históricamente malo para garantizarte una oportunidad real por el número 1. Ahora, equipos mediocres, equipos que están en tierra de nadie como los Mavs, Grizzlies, Bucks o Bulls, miran la tabla y se dicen “espera, si no gano solo cinco partidos de aquí al final de la temporada y estoy el quinto en la lotería, tengo un 10.5% de opciones de número 1, casi lo mismo que ese equipo que ha ganado 15 partidos en todo el año y tiene un 14%.”
Este sistema de la NBA tiene un incentivo perverso. Los equipos realmente malos de forma natural, como podrían ser los Wizards, los Kings o los Pelicans, tienen más difícil salir del pozo porque sus probabilidades de elegir a un salvador con un pick top se han diluido. Mientras tanto, equipos que aún están cerca del Play-In tienen un incentivo gigantesco para tirar la toalla en febrero. Desde que se cambiaron las probabilidades en 2019, el equipo con el peor balance nunca se ha llevado el pick 1 del Draft. De los 28 picks top 4 que ha habido, 11 fueron a parar a manos de equipos que partían del puesto 7 o más bajo en la lotería.
Hay otro factor que a menudo se pasa por alto, en el que la NBA tiene responsabilidad directa, y que está echando gasolina al fuego: el Convenio Colectivo de 2023. Con las nuevas restricciones del segundo apron, las penalizaciones a los repetidores del impuesto de lujo, y las limitaciones para los equipos que gastan mucho, tener estrellas con contratos de escala rookie se ha convertido en el activo más valioso de la liga.
Antiguamente, podías permitirte pagar de más a veteranos de clase media. Hoy, si tienes a tres estrellas cobrando el máximo, en algunos casos incluso a dos, la única forma de rodearlos es con jugadores en contratos mínimos o rookies que rindan muy por encima de su salario.
Esto ha creado una urgencia por encontrar talento barato y controlable. Equipos como Oklahoma City o San Antonio son el modelo. Han demostrado que si aciertas en el Draft o tienes suerte en él, puedes construir un contender sostenible sin hipotecar tu futuro financiero. Esto nos lleva a la discusión sobre la “Cultura Ganadora” vs. “Acumulación de Activos”. He leído hilos en foros y escuchado podcasts esta semana donde se demoniza a Utah por lo que están haciendo, comparándolos injustamente con los agujeros negros de la última década, porque esto crea una cultura perdedora y no sé qué más.
Seamos justos con los Jazz de Ryan Smith y los Ainge. Si alabamos la reconstrucción de los Thunder por su inteligencia, Utah ha seguido el manual de OKC casi al pie de la letra. Desmontaron un buen equipo pero de techo limitado, la era Mitchell/Gobert, y en cuatro años han acumulado a un All-Star como Markkanen, un joven prometedor como Keyonte George, un protector de aro élite como Kessler y, tras mover fichas, a Jaren Jackson Jr.
La diferencia es que OKC tuvo la suerte y el buen ojo de que su “reconstrucción” incluyó a un Shai Gilgeous-Alexander que explotó a nivel MVP. Comparar la situación de los Jazz con una cultura perdedora crónica es no entender los matices de la construcción de equipos. Utah está protegiendo su inversión. Su pick de 2026 está protegido top 8 si cae fuera, como ya sabemos, se va a Oklahoma City.
Si los Jazz ganan tres partidos más de la cuenta, pierden su pick y se lo regalan a un rival de la misma conferencia que ya está cargado de talento. Eso sería negligencia administrativa. Si lo hacen para caer en primera ronda contra los propios Thunder, diríamos que son estúpidos. Ryan Smith respondió al tweet de la multa con un emoji de ojos en blanco, y tiene razón. “Estamos de acuerdo estar en desacuerdo”, dijo. Y podría haber añadido: “estamos haciendo lo que tenemos que hacer”.
No voy a entrar a valorar el rumor que dice que son los propios Thunder quienes están presionando en las sombras en la NBA para que intenten que los Jazz sigan siendo competitivos, porque ese rumor sale desde Utah y también tiene intereses viciados.
Entonces, ¿qué hacemos? Esta es la parte que más me cansa, porque la conversación es un hámster en una rueda.
Siempre surgen las mismas conversaciones. “Hay que quitar las victorias y derrotas de la ecuación”. Se sugieren torneos complejos post-temporada para determinar el Draft, sin tener en cuenta que ningún jugador va a partirse el lomo para que su franquicia pueda draftear a su reemplazo. O el famoso sistema de “La Rueda”, donde cada equipo tiene un pick fijo en un ciclo de 30 años. De vez en cuando lees algo nuevo, como que las mayores probabilidades las debería tener el último equipo que se quede fuera de los Playoffs en el Play-In, hasta que te das cuenta de que todas tienen un gran fallo. Como, en ese caso, que esos equipos podrían elegir entre ser vapuleados por los Thunder en primera ronda, o tener la mayor cantidad de probabilidades de llevarse al 1 del Draft.
Otra “solución” que se menciona es el descenso, al estilo del fútbol europeo. Olvidadlo. Ningún dueño que ha pagado 4.000 millones de dólares por una franquicia va a permitir que su inversión se devalúe jugando en la G-League contra los Capitanes de Ciudad de México. Es una fantasía de Twitter, no una realidad económica.
El problema es que todas estas soluciones ignoran la realidad fundamental del deporte estadounidense: el Draft es un mecanismo de socialismo deportivo diseñado para dar esperanza a los desesperados. Si eliminas la correlación entre ser malo y obtener ayuda, condenas a las franquicias mal gestionadas o a algunos mercados pequeños a la irrelevancia eterna. Y la NBA es un negocio de 30 socios, no van a votar por un sistema que podría dejar a los Wizards sin opciones de recuperación durante una década.
La verdad incómoda es que no todos los problemas tienen solución. El tanking es un fallo del sistema, sí, pero es un fallo soportable. Es el precio que pagamos por la paridad y por el sistema de Draft. La única manera de acabar con ello es acabar con el Draft, o desligarlo de las victorias y las derrotas, y a la NBA tampoco le interesa dar un paso tan drástico. El Draft también vende.
A la NBA, en realidad, le preocupa más el ruido que el problema. Le importa que se hable de que los equipos no compiten. Le importa que los socios televisivos y de las casas de apuestas se quejen de que en un martes de febrero no jueguen ni Markkanen, ni Siakam, ni Jaren Jackson Jr.
Por eso Adam Silver impone multas. Es teatro. Es una forma de decir: “mirad, estamos haciendo algo”. La liga sabe que multar con medio millón a un multimillonario no cambia su estrategia a largo plazo. Saben que solo una reforma extremadamente profunda podría erradicar el tanking, pero no están dispuestos a abrir esa caja de Pandora, y muchos de los socios directamente no aceptarán un cambio de sistema que beneficie a los grandes mercados.
Lo único que esperan desde las oficinas centrales de la NBA es que, haciendo algo de ruido con las multas y con algún retoque menor en el próximo comité de competición, la conversación se apague. Esperan que llegue abril, empiecen los Playoffs, y todos volvamos a hablar de si los Thunder pueden repetir o si Wemby es ya el mejor jugador del universo.
Y funcionará. Porque el año que viene el Draft será peor, y habrá menos equipos influidos por picks protegidos a mitad de la lotería, y el tanking se retrasará a marzo y abril, y entonces cualquiera que sea la medida que hayan incluido este próximo verano parecerá mágica. Hasta dentro de dos o tres años, cuando haya otro proyecto de jugador de 2,20 que tire como Curry, o otra camada en la que parezca que hay cuatro jugadores franquicia, y volvamos a tener esta misma conversación, probablemente citando las multas a los Jazz de 2026 como el momento en que todo cambió para no cambiar nada.
Mientras tanto, si sois fans de los Jazz, Kings, Pacers o Wizards: no os avergoncéis. Aferraos a esas derrotas. Celebrad cada una de ellas. Sí, va en contra del espíritu del juego querer perder, pero cuando existe un sistema como el Draft a veces es el único incentivo que te queda, y que incluso puede hacer que una afición esté más unida, como la de los Jazz esta pasada semana. Porque en la NBA moderna, a veces perder es la única forma de ganar. Como cantaba Radiohead, “I’m not here, this isn’t happening”. Repetid el mantra. Hasta que Adam Silver diga nuestros nombres en junio, nada de esto ha pasado.
Cortesía del SofiAlertBot de La Crónica desde el Sofá, que valora cada partido disputado del 0 al 5 sin spoilers.
San Antonio Spurs - Golden State Warriors 🛋 4.5/5 Sofis
Cleveland Cavaliers - Denver Nuggets 🛋 4.4/5 Sofis
Indiana Pacers - New York Knicks 🛋 4.4/5 Sofis
Milwaukee Bucks - Orlando Magic 🛋 4.3/5 Sofis
Oklahoma City Thunder - Los Angeles Lakers 🛋 4.1/5 Sofis
Y el honor de ser el peor partido de la semana, OJO, peor incluso que el Team Melo vs Team Austin del All Star, se lo llevan…
Sacramento Kings - Utah Jazz 🛋 1.0/5 Sofis
Y seguimos esperando un acuerdo entre las jugadoras y la WNBA. ¿Y si los propietarios quieren un cierre patronal? ¿Es momento de empezar a ponerse nerviosas? La WNBA, Unrivaled y el estado de las negociaciones.
En este trade deadline se ha seguido la tendencia de los últimos años: los movimientos están más motivados por lo económico que por lo deportivo. El Deadline de las hojas de cálculo: Cómo el 2026 se convirtió en el año de la contabilidad creativa.
Unos días después finiquitaron la historia esta del intento de recompra de los Mavericks con Cuban. No sé si ha sido un globo sonda de Cuban o qué, pero parece que a Marc Stein se la han jugado. Qué historia más rara. ¿Por qué iban los Adelson a vender ahora los Dallas Mavericks?
Esta semana no he comentado partidos en DAZN, pero sí que me pasé por el podcast de MassiveBall para hablar de los Dallas Mavericks y la actualidad de la NBA:
Con la retirada de Chris Paul, ¿ha llegado el final de la era de los “bases puros”?
10 estadísticas que deberían animar o desanimar a los fans de los Boston Celtics en el parón del All Star.
Mientras Los Angeles Clippers ejercen como anfitriones este fin de semana en el All Star de la NBA, el futuro de la franquicia permanece en el limbo por la investigación del caso Aspiration.
Por si fuera poco con lo que ya tiene Adam Silver sobre su mesa, ahora se relaciona a uno de los propietarios minoritarios de Los Angeles Lakers con una propuesta de campo de
concentracióndetención del ICE en Texas.
Disfrutad de la NBA.









Y no solo en la NBA, la gente que tiene trabajos normales tiene esos mismos problemas, solo que no se magnifica tanto.
Todo dicho, Harden. Que remen otros en el mar de lágrimas de los aficionados, o en la laguna de agua estancada que es mi empresa.