Que empiece el carrusel de entrenadores: lo PEOR de la última semana de la temporada regular
El verano que viene puede ser el más movido en los banquillos de la liga desde hace años. Repasamos los casos más calientes.
Antes de entrar en materia, os traigo el planning que tengo preparado para las próximas semanas:
Lunes - Previa del verano: lo que puede gastar cada uno de los equipos.
Miércoles - Previa del verano: Inés los mejores agentes libres.
Viernes - Previa de los Playoffs: Conferencia Este.
Domingo - Previa de los Playoffs: Conferencia Oeste.
Semana siguiente - Mis premios de la temporada.
A partir del lunes 20 - Artículos individuales del estado del proyecto de todas las franquicias eliminadas, empezando por los Dallas Mavericks.
Todos los domingos - Estado de los Playoffs, historias de la postemporada interesantes, etc.
Todo, por supuesto, salteado con artículos de última hora sobre asuntos noticiosos, como el análisis de las sanciones o no sanciones a los Clippers cuando salgan, y los análisis de los principales traspasos y movimientos que se produzcan.
Además, de cara al verano ya tengo perfilados artículos sobre cómo mejorar la temporada regular, periodismo deportivo e Inteligencia Artificial, NBA e Inteligencia Artificial, por qué en otras ligas no se habla tanto de tanking como en la NBA, los pros y contras de la democratización de las analytics, etc.
Existe una vieja máxima en el mundo del deporte que dice que cuando un equipo necesita cambiar algo y no puede cambiar a los jugadores, cambia al entrenador.
La NBA lleva décadas practicando esa misma filosofía con una eficiencia que haría sonrojar a cualquier presidente de club europeo. No importa tu palmarés, no importa tu contrato, no importa que llevaras al equipo a ganar un campeonato hace dos temporadas. Preguntadle a Michael Malone cuando fue despedido en Denver con tres partidos por jugarse en la temporada regular. Preguntadle a Taylor Jenkins, cesado en Memphis en marzo de una temporada en la que los Grizzlies acabarían llegando a Playoffs. La lógica es tan simple como jodida para ellos. El entrenador es el único elemento de un equipo que puede ser reemplazado sin necesidad de negociar con agentes, sin respetar cláusulas de no traspaso, sin pagar el precio de mercado que los jugadores franquicia han aprendido a exigir con toda la legitimidad que les otorga el convenio colectivo. El banquillo es, en el fondo, el fusible del sistema.
La temporada 2025-26 de la NBA llega a su final con varios banquillos ardiendo. En los últimos años hemos visto incluso a entrenadores que han leído cómo Shams Charania tuiteaba su despido apenas minutos después de la finalización del último partido de la temporada regular, así que podemos esperar novedades en las próximas horas.
Pero este año hay un elemento adicional que convierte el análisis en algo más complejo que un simple ranking de entrenadores en el punto de mira. La liga entera está pendiente de las reformas anti-tanking que parecen inminentes, los equipos en reconstrucción deben reevaluar su hoja de ruta, y el mercado de entrenadores se presenta tan agitado que fuentes directamente involucradas en él hablan de entre ocho y doce cambios posibles, según Jake Fischer en su columna en The Stein Line.
Para entender por qué ese número es tan llamativo, conviene recordar que el pasado verano solo hubo dos cambios reales de entrenador, más otros dos durante la temporada. La sequía de movimientos del año pasado parece que está a punto de convertirse en inundación. Y la razón no es solo deportiva, también es contractual, económica y, en muchos casos, política en el sentido más interno de la palabra. Los contratos de los entrenadores en la NBA, a diferencia de lo que ocurre en otras ligas del mundo, no tienen cláusulas estándar de salida ni indemnizaciones tasadas por convenio. Cada ruptura lleva aparejada una negociación específica, un finiquito negociado caso a caso y, frecuentemente, el pago de años enteros de contrato a entrenadores que ya no van a sentarse en ningún banquillo. Milwaukee lleva años pagando a entrenadores por no entrenar. Lo hizo con Mike Budenholzer, con tres años restantes en su contrato; lo hizo con Adrian Griffin, cesado a mitad de temporada tras solo unos meses en el cargo; y dentro de poco si lo que intuimos todos se confirma lo hará también con Doc Rivers.
Ese contexto importa, y mucho, cuando se evalúa qué equipos van a atreverse a hacer movimientos y cuáles van a aguantar por razones puramente económicas.
Hay además otro factor que este año adquiere una dimensión nueva: la posible reforma del sistema de lotería y de las normas anti-tanking que la liga lleva meses debatiendo. Si los cambios se aprueban, los equipos que estaban planeando reconstrucciones prolongadas, el tipo de proyecto en el que instalas a un entrenador joven, pierdes durante tres o cuatro años y esperas acumular picks de draft, tendrán que recalcular. Y eso, inevitablemente, afecta a los entrenadores que están al frente de esos proyectos o que podrían serlo en el futuro inmediato.
El tablero de ajedrez del banquillo de la NBA nunca se juega en una sola dimensión, pero estas son las piezas que me parecen más interesantes a la hora de valorar su supervivencia.
Jamahl Mosley (Orlando Magic)
Si hubiera un termómetro oficial de los asientos calientes de la NBA, el de Jamahl Mosley marcaría temperatura de fusión. Los Magic llegaron a esta temporada con el sexto over/under de victorias más alto de toda la liga, situado en 51,5 triunfos. Habían apostado fuerte en el mercado estival, entregando cuatro primeras rondas del draft a los Memphis Grizzlies a cambio de Desmond Bane. La idea era completar un núcleo joven y prometedor formado por Paolo Banchero, Franz Wagner y Jalen Suggs con un tirador de élite que diera variedad ofensiva a un equipo que llevaba más de una década con una de las peores ofensivas de la liga. El plan tenía lógica sobre el papel. Sobre el parqué, aunque Desmond Bane ha sido de lo más salvable, la temporada ha sido un desastre de proporciones considerables.
Las lesiones han castigado a Orlando con especial saña (de nuevo), Wagner y Suggs han estado fuera buena parte del año, pero el análisis más profundo revela problemas que van más allá de los partes médicos. La defensa, que había sido el fundamento identitario del equipo bajo Mosley y que terminó entre las tres mejores de la liga en las dos últimas temporadas, ha caído en picado: cinco puntos por cada cien posesiones peor que el año anterior, situándose ahora en una mediocre decimosexta posición.
Y lo más grave para la continuidad del entrenador es que lleva encima algo que supone una marca difícil de quitarse para un entrenador: no tener a la estrella del equipo de su lado. Paolo Banchero, el jugador franquicia, salió públicamente a quejarse de la incapacidad del equipo para reaccionar a los ajustes del descanso que hacen los rivales. Cuando la estrella cuestiona públicamente la capacidad de adaptación del cuerpo técnico, el reloj se pone en marcha de manera irreversible.
Hay un episodio que condensa todo lo que ha ido mal. En un partido de esta parte final de la temporada contra los Toronto Raptors, el que yo creo que fue el último clavo en el ataúd de Mosley, los Magic encajaron una racha de 31-0 y perdieron por 52 puntos, la peor derrota de la historia de la franquicia. No es solo el marcador final lo que resulta dañino, es la incapacidad de detener la sangría, el colapso defensivo en tiempo real, la sensación de un equipo que no encuentra en el banquillo las respuestas que necesita. En otra ocasión, en los últimos segundos de un partido contra los Lakers, LeBron James se quedó prácticamente solo bajo el aro antes de que lle pudieran hacer falta y forzar los tiros libres. En la siguiente posesión, dejaron a Luke Kennard completamente abierto para el triple ganador. Banchero fue el responsable directo de ambos errores. Tanto si malinterpretó las coberturas como si directamente no siguió las instrucciones, cualquiera de las dos opciones resulta devastadora para un entrenador que ya estaba en el disparadero.
Fischer confirmó en su análisis del mercado que Mosley figura entre los nombres que la liga considera más expuestos al cambio. Sin embargo, el periodista añadió un matiz que no siempre aparece en los análisis más superficiales, que es que Mosley tiene admiradores en otros despachos de la NBA, tanto por su capacidad de relacionarse con los jugadores y de saltar al parqué con ellos en los entrenamientos, como por su trayectoria en USA Basketball. Luka Doncic, por ejemplo, tiene una grandísima relación con él, tanto que Rick Carlisle llegó a maquinar en su contra porque pensaba que le podía quitar el puesto cuando estaba en Dallas.
Si Orlando prescinde de él, no le va a faltar trabajo. La cuestión es si alguno de esos destinos podría ser New Orleans, donde los Pelicans buscan entrenador fijo tras el cese de Willie Green a principios de temporada. Según Fischer, Joe Dumars tiene interés genuino en Mosley como candidato para el puesto, compitiendo con James Borrego, que ha ejercido como interino, y con Darvin Ham, cuyo nombre también ha sonado con insistencia para ese cargo. Así que si se va al paro puede que no sea por mucho tiempo.
Todo esto, además, ocurre en un contexto económico que hace que las decisiones de Orlando sean especialmente delicadas. Wagner, Suggs, Bane y Banchero juntos cobrarán más de 160 millones de dólares la próxima temporada. El límite salarial proyectado está en torno a los 165 millones. El margen de maniobra económico de Orlando para mejorar la plantilla desde fuera es casi inexistente, lo que convierte cualquier adquisición externa en una operación de precisión y eleva exponencialmente la importancia del trabajo del entrenador. Si no puedes fichar grandes refuerzos, mejor que quien tienes detrás del banquillo sea excepcional. Con esa presión como telón de fondo, un tercer año consecutivo de eliminación en primera ronda o incluso de caer en el Play-In haría insostenible la continuidad de Mosley.
Doc Rivers (Milwaukee Bucks)
Hay algo casi shakespeariano en lo que está a punto de ocurrirle a Doc Rivers. ESPN desveló hace días que será introducido en el Naismith Memorial Basketball Hall of Fame este año, junto a Candace Parker, Elena Delle Donne y Amar’e Stoudemire. Y según todo lo que circula por los corrillos de la liga, es probable que ese honor llegue casi al mismo tiempo que su despido de los Milwaukee Bucks.
¿Ha entrenado algún Hall of Famer siendo despedido de su puesto unas semanas de su inducción? Que yo sepa, no. Doc “mirad mi palmarés” Rivers puede hacer historia de una forma en la que probablemente no quería hacerla.
Cuando Rivers asumió el cargo a mitad de la temporada 2023-24, tras el polémico despido de Adrian Griffin con los Bucks con un 30-13 de balance, nadie esperaba milagros, pero sí al menos estabilidad. El equipo terminó 17-19 con él ese año. La siguiente temporada ganaron 48 partidos con Giannis Antetokounmpo relativamente sano. Este año, con Giannis jugando solo 36 partidos por culpa de las lesiones, el balance es de 32-49 y se han quedado cruzando los dedos por una carambola en la lotería del Draft.
Los números cuentan una historia incómoda para Rivers. Los Bucks tienen el tercer mejor porcentaje de tiro efectivo de toda la NBA, solo Lakers y Nuggets les superan en la calidad de sus intentos desde el campo, pero ocupan el puesto 25 en eficiencia ofensiva total. Es una contradicción estadística notable que apunta directamente a los problemas sistémicos del equipo, como las pérdidas de balón constantes, escasísimas visitas a la línea de tiros libres y, sobre todo, el último puesto de la liga en rebote ofensivo. Este último dato no es anecdótico ni coyuntural, Rivers lleva toda su carrera rehuyendo el rebote ofensivo en nombre de la seguridad defensiva en transición, una filosofía que durante años fue razonablemente eficaz pero que en la NBA de 2026, en plena resurrección del rebote ofensivo como arma táctica sistemática, parece anacrónica. La ironía histórica quiere que el posible último año de la carrera de Rivers como entrenador coincida exactamente con el momento en que esa revolución alcanza su punto culminante en la liga.
El problema para los Bucks es que la situación está anudada en torno a una decisión que no es la suya, sino de Giannis Antetokounmpo. Si el griego pide el traspaso y se lo conceden, el equipo entra en reconstrucción y Rivers, que jamás ha mostrado interés en proyectos a largo plazo, sobra por partida doble. Si Giannis se queda y firma extensión de contrato, la prioridad absoluta de la organización este verano por muy descabellado que parezca, la franquicia querrá un entrenador que conecte con él y con una plantilla que claramente no ha respondido a la propuesta del veterano técnico, además de un revulsivo. En ambos escenarios, la salida de Rivers parece la conclusión más lógica.
Fischer apuntó en su cobertura que la “creciente anticipación” en los círculos de la NBA es que Rivers no estará en el banquillo de Milwaukee la próxima temporada, una sensación que el propio entrenador alimentó al responder a preguntas sobre su futuro mencionando a sus siete nietos, todos menores de ocho años, y su deseo de pasar más tiempo con ellos.
Y sin embargo, hay una dimensión contractual que complica el aparente desenlace inevitable. Milwaukee ya ha pagado a demasiada gente por no entrenar: Budenholzer, Griffin, y ahora posiblemente Rivers si este se niega a renunciar a lo que le queda de contrato. Bobby Portis, jugador suyo en los Bucks, dijo abiertamente que no espera que Rivers deje encima de la mesa los millones que le quedan por cobrar. Si los Bucks quieren un nuevo entrenador, probablemente tendrán que seguir pagando al antiguo. Otra vez. Es la paradoja económica de una franquicia que ha convertido los despidos costosos de entrenadores en una especialidad involuntaria.
Doug Christie (Sacramento Kings)
Sacramento es una franquicia que lleva décadas intentando demostrar que puede ser algo más que una historia de lo que pudo ser y no fue. El equipo de los años 2000, con Chris Webber, Vlade Divac, Peja Stojakovic y el histórico partido 6 de las Finales de Conferencia de 2002 contra los Lakers, uno de los momentos más debatidos y polémicos de la historia reciente de la liga, sigue siendo el referente emocional de una afición que ha visto desfilar generaciones de talento sin que nada cristalizara en algo cercano a un título.
Doug Christie fue parte de ese equipo legendario. Su contratación como entrenador respondía a esa lógica sentimental y política que en la NBA se da con más frecuencia de lo que los propios equipos admitirían. La familia Ranadivé quería a alguien con vinculación emocional al club y con respaldo en el vestuario. Christie llegó al cargo de forma interina en aquellas mismas semanas en las que De’Aaron Fox, la pieza central del proyecto anterior, forzó su salida mediante traspaso a San Antonio apenas un mes después de que el nuevo entrenador asumiera el cargo. Un comienzo de pesadilla. Acabó la temporada pasada con un registro de 27-24 como interino, lo suficientemente sólido para quedarse con carácter permanente. Este año ha sido un retroceso en toda regla. Pero también hay que reconocerle que era algo que no ha sorprendido a nadie.
Los Kings tienen el peor balance de la Conferencia Oeste junto con los Utah Jazz y el quinto peor de toda la liga. Son el último equipo de la NBA en triples intentados y convertidos. No hay sistema ofensivo reconocible, la defensa ocupa el puesto 28, y la cobertura periodística ha recogido reportes de desconexión entre Christie y parte del vestuario. Marc J. Spears, de Andscape, informó en febrero de una fuente que describía una ruptura entre algunos jugadores veteranos y el cuerpo técnico, una señal de alarma que va más allá de lo puramente táctico.
El caso de Keon Ellis merece un párrafo propio porque ilustra perfectamente el problema. Ellis era un jugador joven, defensivamente comprometido y con energía, exactamente el tipo de perfil que equipos como Cleveland y Minnesota buscan con desesperación. Christie se negó sistemáticamente a darle minutos significativos, generando frustración dentro y fuera de la organización. Ellis acabó siendo uno de los nombres más sonados en el trade deadline y fue enviado a Cleveland, donde ahora promedia unos siete minutos más por partido que en Sacramento y está contribuyendo en un equipo que quiere ser contender. Eso es supone una mala imagen para el entrenador que no supo, o no quiso, encontrarle un lugar en un equipo que podía haber agradecido su degensa.
Lo que hace interesante el caso de Christie desde la perspectiva del convenio colectivo y las dinámicas contractuales de la NBA es lo siguiente: tiene un año garantizado en su contrato para 2026-27, y una opción del equipo para 2027-28. Y la entrada en reconstrucción con un pick alto del Draft podría beneficiarle y darle tiempo. Según Fischer, existen escenarios en los que la franquicia podría optar por mantenerle, en parte porque las numerosas lesiones de la temporada han dificultado la evaluación objetiva de sus capacidades como entrenador principal, y porque se puede pensar que, de cara a iniciar una reconstrucción, puede servir como entrenador joven de desarrollo al que quemar y sustituir en un par de años.
Pero la lógica deportiva apunta en sentido contrario. LaVine y DeRozan llegan al último año de sus contratos, con el segundo quizás siendo cortado con su contrato parcialmente garantizado. Sabonis y Monk están comprometidos solo hasta la 2027-28, y la franquicia necesita empezar una reconstrucción real, coherente y con dirección clara. Pagar a Christie para que entrene a un equipo en transición mientras el mercado ofrece opciones más atractivas y experimentadas es un lujo que Sacramento difícilmente quizás no quiera permitirse.
Ahora que Christie, Vlade Divac y Peja Stojakovic han fracasado todos en roles prominentes en la organización, el siguiente experimento nostálgico de los Kings podría ser contratar a Chris Webber o a Mike Bibby, si es que la franquicia no aprende la lección más obvia: que el amor por el pasado raramente construye el futuro.
Nick Nurse (Philadelphia 76ers)
Nick Nurse tiene un problema que no es únicamente suyo pero que, en la NBA, acaba siempre recayendo sobre el entrenador: la brecha entre lo que el equipo prometía ser hace uno o dos años y hace uno o dos meses, y lo que ha terminado siendo. Los 76ers parecían una historia de redención a principios de febrero. Habían rebotado de una temporada de lotería para situarse de nuevo en el mapa de los Playoffs. Joel Embiid volvía a estar sano y parecía ir cogiendo bien la forma. Tyrese Maxey había dado el salto a un nivel All-NBA. El rookie VJ Edgecombe asomaba como una posible revelación.
Y entonces llegó la tormenta que puede sellar su salida. La franquicia traspasó a Jared McCain, que había tenido dificultades en Philadelphia principalmente porque a Nurse no le gustaba y no le pudo hacer hueco, pero que en Oklahoma City resucitó de inmediato y se convirtió en una pieza clave de un equipo que aspira a defender el título. Y cuando parecía que se recuperaban todos para evitar incluso el Play-In, el equipo se tambaleó y terminó con una puntilla que recordaba a la de otros años: otra operación para Embiid. Esta de una inoportuna apendicitis.
Más allá de los problemas de lesiones, hay un patrón de comportamiento en los equipos de Nurse que merece que analicemos. Es, junto a Tom Thibodeau, el entrenador que más carga sobre sus titulares en la NBA reciente. Maxey lidera la liga en minutos por partido esta temporada. En 2023, cuatro de los treinta y dos jugadores con más minutos por encuentro en toda la NBA eran Raptors bajo las órdenes de Nurse. En una liga que está virando definitivamente hacia la gestión de cargas, la rotación profunda y el juego intenso en tramos cortos, esa filosofía tiene un coste que puede ser físico a corto plazo y táctico a medio plazo. Si Maxey llega a los Playoffs con el depósito por la mitad, las consecuencias se sentirán en los momentos decisivos.
El otro elemento que Nurse no puede controlar pero que le afecta directamente es la cuestión de McCain. Alguien tiene que cargar con la responsabilidad de un traspaso que ya parece un error. Enviar a un jugador que no rendía en tu sistema a un equipo que demostró que podía ser una pieza importante casi de inmediato. Daryl Morey tomó la decisión, pero Morey tenía la información que tenía. McCain era prácticamente injugable en la configuración de Philadelphia durante meses. Si Nurse no supo encontrarle un encaje en ese tiempo, mientras Daigneault lo arregló en cuestión de días, esa pregunta sin respuesta satisfactoria puede costarle el trabajo.
Y luego está esa otra cuestión a la que hacíamos referencia arriba. Los contratos de Joel Embiid y Paul George son intocables. No vas a mover ni a Tyrese Maxey ni a VJ Edgecombe. Aunque los 76ers tienen activos, no parece probable que puedan hacer un gran movimiento en su plantilla. Y en la NBA, cuando solo hay un chivo expiatorio disponible, suele ser el entrenador.
El mercado paralelo: quién se mueve y a dónde
Más allá de los casos individuales, el verdadero análisis de este momento requiere entender cómo funciona el mercado de entrenadores en la NBA, que se parece más a un mercado de posiciones de ajedrez simultáneas que a un proceso lineal de selección de personal.
Los Bulls acaban de despedir a su presidente de operaciones, Arturas Karnisovas, y a su general manager, Marc Eversley. Dallas también tiene que contratar a un nuevo presidente de operaciones y general manager. Eso crea movimientos en cascada: cuando hay posiciones ejecutivas abiertas, hay reasignación de poder, y eso afecta directamente a los entrenadores que dependen de esos ejecutivos para su seguridad laboral. Un nuevo general manager que llega a una organización raramente quiere trabajar con el entrenador que eligió su predecesor, aunque la excepción existe y es más frecuente cuando el entrenador tiene raíces profundas en la franquicia o capital político propio.
Billy Donovan, entrenador de Chicago con contrato recientemente ampliado, es uno de los nombres que más apetece en el mercado este verano. Según Fischer, varios equipos de la NBA están preparados para buscarle en cuanto acabe la temporada, poniendo a prueba la determinación de los Bulls por retenerle. Marc Stein apuntó en su columna que los Bulls no solo quieren mantener a Donovan como entrenador, sino que podrían concederle cierto nivel de influencia en la elección del próximo responsable de las operaciones de baloncesto. Eso es un movimiento inusual, una especie de estructura de poder compartido que refleja cuánto confía la organización en Donovan y, al mismo tiempo, lo difícil que es retener a un entrenador cotizado cuando no puedes ofrecerle una línea ejecutiva sólida y estable como respaldo.
Hay un dato que juega a favor de Chicago: Donovan rechazó entrevistarse con la Universidad de North Carolina para su vacante de entrenador mientras la temporada de la NBA no hubiera terminado. Los Tar Heels, con la ventana del portal de transferencias abriéndose ese mismo martes, no podían esperar y acabaron nombrando a Michael Malone para el cargo. Donovan ni siquiera se sentó a escuchar la oferta universitaria.
El carrusel incluye también el ascenso de asistentes que llevan tiempo acumulando capital de reputación. Entre los nombres más mencionados como candidatos para cubrir vacantes destacan Sean Sweeney en San Antonio, que ha sido reconocido como el cerebro detrás de la mejora defensiva de los Spurs esta temporada con Victor Wembanyama como protagonista; Micah Nori en Minnesota; Jared Dudley en Denver; o Luke Walton, que ha regresado a los banquillos con Detroit tras sus experiencias como entrenador principal en Golden State, Los Angeles y Sacramento. Walton es un caso paradigmático de cómo la NBA gestiona las segundas oportunidades y las terceras. Puede sonar llamativo que alguien cesado en tres ocasiones sea candidato apetecible para otra organización, pero la industria valora el conocimiento acumulado, la red de contactos construida durante décadas y, sobre todo, el ajuste cultural específico con la organización en cuestión.
La situación de Steve Kerr en Golden State merece mención aparte precisamente porque representa el polo opuesto del asiento caliente. Con su contrato terminando, la franquicia quiere renovarle por más de una temporada para evitar lo que internamente temen que se convierta en un año entero jugado bajo la sombra de la despedida, con toda la distracción mediática que eso conlleva. Es el decimosegundo año juntos de Kerr y Stephen Curry, y tiene algo de elegía contenida que la propia organización parece no querer acelerar innecesariamente. El verano próximo puede ser el último intento serio de construir algo competitivo alrededor de Curry antes de que la ventana se cierre definitivamente.
Lo que nos dice todo esto sobre la NBA de 2026
El carrusel de entrenadores no es solo un fenómeno deportivo. Es el síntoma de una liga que sigue procesando la tensión entre el poder creciente de los jugadores y la necesidad de las franquicias de encontrar responsables visibles cuando las cosas salen mal. Los jugadores son más difíciles de mover, más caros de finiquitar, más poderosos mediáticamente y más conscientes de sus derechos contractuales que en cualquier momento anterior de la historia de la liga. Los entrenadores, en cambio, siguen siendo el fusible del sistema, la figura que absorbe la presión cuando el producto en el parqué no cumple expectativas.
El convenio colectivo protege a los jugadores de maneras que hace veinte años habrían parecido impensables, pero no protege a los entrenadores con la misma intensidad. Sus contratos son individuales, sus garantías dependen de lo que cada uno negocie, y la cultura de la paciencia con los banquillos, que ya era escasa, se ha erosionado aún más en la era del análisis de datos en tiempo real, donde cada decisión táctica puede ser cuestionada con estadísticas avanzadas antes de que acabe el partido.
Lo que viene este verano puede redefinir varios proyectos y, de paso, recordarnos algo que la NBA lleva enseñando desde hace décadas: en esta liga, el tiempo siempre corre más rápido de lo que parece desde fuera. Los entrenadores que hoy tienen el asiento caliente lo saben mejor que nadie. Algunos habrán sobrevivido gracias a unos buenos Playoffs. Otros serán los protagonistas del carrusel más activo que ha visto la liga en años. Y unos pocos, como Doc Rivers, vivirán la paradoja de ser honrados y despedidos casi en el mismo instante.
Esta semana hemos tenido tres historias en NBA con Contexto:
Giannis Antetokounmpo y los Milwaukee Bucks, camino del divorcio tóxico. Lo que significa la disputa que tienen entre manos la estrella griega y la franquicia para la que (no) juega.
Una reflexión sobre la NBA de las palizas, pero también de los partidazos. ¿Por qué la NBA con más talento en el top de su historia se mide por sus peores noches?
Los Chicago Bulls intentan salir del bucle de la mediocridad. ¿Es posible hacerlo si el que está por encima de todos sigue siendo el mismo?
La reciente noticia de que la MLB ha firmado un acuerdo multimillonario y exclusivo con Polymarket no es solo un titular deportivo más, es otra gran pieza del dominó cayendo.
Siguiendo los pasos de la NHL, la MLS y la UFC, la liga de béisbol estadounidense ha abierto de par en par sus puertas a la industria de los mercados de predicción. Con cifras que oscilan entre los 150 y los 300 millones de dólares, el mensaje es claro: el peso del capital ha vuelto a imponerse, pavimentando el camino para que las grandes ligas que aún resisten terminen claudicando ante este nuevo y lucrativo modelo de negocio. Todas, una por una, irán cayendo.
Lo más perverso de esta transición es la narrativa que las competiciones están utilizando para justificarla. Comisionados como Rob Manfred (MLB) o Gary Bettman (NHL) se escudan en la “integridad del juego” y en acuerdos de entendimiento con reguladores como la CFTC. Venden estos acuerdos como una forma de controlar y monitorizar la actividad, cuando en realidad están integrando de lleno estas plataformas en el consumo diario del deporte. Utilizan sus logotipos, los nombres de los equipos y los datos oficiales para blanquear una práctica que no es más que pura especulación.
Ya he escrito bastante sobre ellos aquí, pero estos mercados de predicción son unas plataformas que resultan igual de dañinas, o incluso más, que las clásicas casas de apuestas. Al disfrazarse de sofisticados instrumentos financieros o de “mercados de información”, logran eludir parte del estigma social de la ludopatía, atrayendo a un público más joven y tecnificado. Respaldados por miles de millones de gigantes de Wall Street, su peligro radica en su capacidad para normalizar la hiper-especulación constante, convirtiendo a los aficionados en “inversores” que apuestan su dinero sobre cualquier variable imaginable bajo la falsa sensación de estar operando en la bolsa.
Yo no soy un puñetero ludópata. ¡Yo soy un inversor en predicciones!
En este panorama, la NBA se mantiene, por ahora, como una de las grandes ausentes junto a la NFL y la NCAA. Oficialmente, la liga de baloncesto se resiste a firmar alianzas corporativas con Polymarket o Kalshi, pero esta posición es un espejismo insostenible. El caballo de Troya ya está dentro de la casa, jugadores de la propia liga, como Giannis Antetokounmpo, Ajay Mitchell o Kyle Kuzma, ya son inversores activos en estas plataformas. Cuando los propios protagonistas del espectáculo inyectan su capital privado en la industria de las predicciones, la barrera ética e institucional de la liga se vuelve extremadamente frágil.
Nos acercamos inevitablemente al momento en el que Adam Silver y la junta de gobernadores de la NBA cederán, estampando su firma en un contrato similar, esgrimiendo argumentos similares a los de la MLB y demás. La presión económica es simplemente demasiado abrumadora para ser ignorada por mucho tiempo. Viendo a socios de datos como Sportradar frotarse las manos ante la oportunidad de monetizar estadísticas en estos mercados, la NBA no lo verá como un riesgo moral, sino como un flujo de ingresos indispensable. La justificación pública ya está escrita por sus predecesores: argumentarán que se ven obligados a hacerlo “para proteger a los fans” y “garantizar la transparencia”.
El día que la NBA haga oficial su entrada en los mercados de predicción, para el cual ya queda poco, se consumará la legitimación absoluta de esta industria. Al sumar el prestigio, el alcance global y el barniz cultural del mejor baloncesto del mundo, Polymarket y sus similares dejarán de ser vistos como un rincón especulativo de internet para convertirse en el estándar de cómo interactuamos con el deporte. Ese día, se habrá aceptado por completo que el juego en la cancha es secundario, exponiendo a millones de seguidores a una maquinaria adictiva y ruinosa disfrazada de inofensivos contratos de predicción.
¡Disfrutad de la NBA!






